sábado, 30 de octubre de 2010

Balotajes en América Latina y los efectos internacionales de la segunda vuelta presidencial en Brasil

La segunda vuelta electoral por los comicios presidenciales que se celebrará mañana en Brasil deberá seguirse con suma atención dentro de la región latinoamericana. En esta elección, absolutamente clave para el futuro político de los brasileños -y por qué no decirlo, también para nuestra región- cerca de 135 millones de electores manifestarán sus preferencias en las urnas para el día de mañana. Pese a que las primeras estimaciones dan como vencedora a Dilma Rouseff -la candidata oficialista- frente al opositor José Serra; aún se prefiere la cautela y el resultado oficial que se entregará para los próximos días. Evidentemente las elecciones presidenciales brasileñas son importantes en un contexto internacional donde Luiz Inácio "Lula" Da Silva trabajó arduamente en sus dos gestiones para posicionar a Brasil en el concierto mundial, con resultados positivos por cierto. Nos interesará revisar dos elementos en esta columna. Primero, ver la evolución de los balotajes en América Latina y segundo, los efectos regionales de una eventual investidura de Rouseff en el Palácio do Planalto, la sede presidencial brasileña.

Desde la década de los setenta hasta antes que se realizaran las elecciones presidenciales en Honduras -como producto del Golpe de Estado que azotó a este último país- en América Latina se habían realizado 27 balotajes o segundas vueltas presidenciales. De éstas, en sólo un tercio ha resultado ser electo el candidato de la segunda preferencia.

Es una conclusión fuerte que nos evidencia que en nuestra región, gran parte de los candidatos presidenciales favoritos sean los que probablemente se impongan para la segunda vuelta de sus países. Así las cosas, el caso brasileño probablemente no será la excepción para el día de mañana y será Rouseff la que se imponga en la primera magistratura del país, marcando un hito importante para la historia brasileña al ser la primera mujer en la presidencia luego de que hayan pasado 35 hombres frente a la jefatura del Estado. A ello, hay una señal política importante que debemos sumar y que tiene que ver con la señal de la ciudadanía brasileña al oficialismo actual. Pese a las deudas estructurales pendientes de Brasil en materia de combate a la pobreza, reducción de la delincuencia y el narcotráfico en las favelas, lo cierto es que hay una aprobación a cómo el sector político de "Lula" ha trabajado estos últimos ocho años la agenda en el frente interno e internacional. Ejemplos nos sobrarían para manifestar esto último, pero dentro de lo más relevante, podemos mencionar el rol que Brasil ha desempeñado en términos regionales para idear y configurar el proyecto político de UNASUR, el lugar que se ha ganado en el frente internacional con la participación creciente en temas como el conflicto árabe-israelí o el dilema nuclear de Irán y finalmente en el frente interno, la buena recepción local que trajo para la población brasileña el saber que Brasil será una futura sede para la realización de las Olimpiadas o el próximo Mundial de Fútbol, que ciertamente despierta interesantes oportunidades para el crecimiento del comercio y turismo locales. Estos son sólo algunos elementos que han hecho de Brasil, un país con un prestigio bien ganado regional e internacionalmente.

Volviendo a los balotajes, mencionábamos que en sólo un tercio de éstos resultaba ser electo el candidato de la segunda preferencia. Un ejemplo claro en esta materia ha resultado ser Perú, ya que en elecciones anteriores ha resultado ser el país que en el corto plazo más se ha repetido este fenómeno. Tenemos el caso de Alberto Fujimori que en 1990 al momento de llegar a la segunda vuelta se presentaba con un poco menos del 25% de las preferencias mientras que el escritor peruano Mario Vargas Llosa, se presentaba como el favorito con el 27,61% de los votos. Sin embargo, fue Fujimori el que en segunda vuelta se "reacomodó" con los partidos del APRA, haciendo que finalmente se impusiera en la segunda vuelta pese a haber salido en la segunda preferencia.

Este mismo fenómeno político se repitió sólo a dos elecciones presidenciales de aquella ocasión, donde en la segunda vuelta, el actual mandatario peruano Alan García -que también había salido en la segunda preferencia con el 24,3% de los votos- se impuso frente al abanderado del partido político Unión por el Perú, Ollanta Humala -y que capitalizaba la primera preferencia con el 30,6% de los votos-

En definitiva, el balotaje en América Latina es un fenómeno político relevante que debieramos considerar en las elecciones presidenciales regionales. Si esta misma tendencia se repitiera en Perú para los comicios presidenciales del 2011, entonces el país del Rímac también dentro de su historia republicana rompería un hito al traer a la primera mujer para liderar la presidencia, resultando electa Keiko Fujimori, quien -como sabemos- es hija del ex Presidente Fujimori.

Ahora bien, para el caso brasileño sería difícil pensar que el abanderado del Partido de la Social Democracia Brasileña, José Serra -quien viene precedido con un 32,6% de las preferencias- tenga chances para derrotar a Dilma Rouseff, candidata oficialista del Partido de los Trabajadores y que se mantiene como la favorita, habiendo ganado la primera vuelta con un 46,9% de los votos. Es difícil por los mismos motivos que hemos esbozado al comienzo de la columna. En rigor, porque los brasileños están percibiendo que -al menos en la actualidad- el oficialismo ha trabajado de buena manera para un posicionamiento global de Brasil como potencia emergente.

No obstante lo anterior, aunque Rouseff resultara electa como la sucesora de Lula Da Silva, la actual candidata no tendrá una agenda fácil durante su eventual gobierno aún en momentos donde el oficialismo también tiene la mayoría parlamentaria en ambas cámaras, dándole una importante base legislativa.

Esto, porque en primera instancia Rouseff tendrá que mostrar un fuerte liderazgo en lo interno para controlar al narcotráfico y a las oleadas de violencia que azotan en las favelas del país. También, por combatir de forma eficiente a estos flagelos locales en momentos donde se vendrán importantes eventos deportivos a nivel mundial -y que Brasil albergará por cierto- Por lo tanto, será clave contar con un estándar de seguridad que permita un desarrollo ameno de estos magnoeventos. Quizás así se puedan desmentir las primeras acusaciones y escepticismos que se generaron como consecuencia de la elección de este país.

En lo económico y regional, Rouseff tendrá un período de prueba para contrarrestar la imagen de lider casi innata que poseía Lula. En rigor, esto tendrá que apreciarse en las próximas cumbres regionales de la OEA, pero especialmente de la UNASUR donde la actual candidata oficialista deberá mostrar seguridad y el liderazgo que siempre ha mostrado Brasil en materia regional. Avanzar en tecnología también deberá ser una prioridad para su eventual gobierno, ya que Lula se enfocó para competir de igual a igual contra las principales empresas aeronáuticas del mundo. Sólo a modo de ejemplo, Brasil estuvo postulando para ser el tercer principal proveedor aeronáutico detrás de las gigantes empresas como Boeing o Airbus.

Sin duda, en lo internacional será su más grande desafío. Cabría preguntarse cómo se abordarán bajo la administración Rouseff algunos temas latentas de la agenda internacional como Irán -que Lula ya había defendido el derecho de la república islámica a enriquecer uranio y que incluso, se reunió con el Presidente Ahmadineyad en Brasil- en el conflicto árabe-israelí -y que de forma creciente, Brasil ha manifestado su intención de presentarse como un negociador al conflicto-

También en temas como el calentamiento global -y que por cierto, dentro de poco se realizará la próxima cumbre en México- Recordemos que en diciembre de 2009 se avanzó muy poco en la Cumbre de Copenhague, logrando un acuerdo no vinculante entre cuatro potencias y potencias emergentes, donde Brasil era una de ellas. Es claro entonces que durante la administración de Rouseff avanzar en estas materias marcará uno de sus principales ejes en política exterior.

Habrá que ver cómo evoluciona un escenario como el descrito. Por ahora, los brasileños manifestarán sus preferencias mañana mientras los candidatos aún luchan por captar los votos de los indecisos.




sábado, 2 de octubre de 2010

¿Cómo definir lo de Ecuador?

Difícilmente era imaginable que a poco más de un año trascurrido de la violencia política y social vivida en Honduras, pensáramos que el pasado 30 de septiembre, Ecuador viviría en carne propia un fenómeno de insospechadas conscuencias políticas, sociales, regionales e internacionales.

En la ocasión, Ecuador experimentó la sublevación de parte de la Polícia Nacional y de parte de efectivos de sus FFAA en contra de una medida tomada por el Presidente ecuatoriano Rafael Correa, donde anunciaba un recorte salarial para estos departamentos y así, "homologar los salarios de los servidores públicos". Claramente esta medida fue rechazada por un sector de las fuerzas de orden, desatando un verdadero caos en aquél día. Según los últimos reportes, el saldo total de victimas fatales queda en ocho personas mientras que la cifra de heridos se sitúa en 278.

Lo primero que deberíamos tener en cuenta, es definir este complejo fenómeno en Ecuador. Debido a la exaltación política y a la violencia que generó este hecho, en los principales medios de comunicación no pocos se aventuraron en definirlo como un "Golpe de Estado". Pues bien, lo que plantearemos aquí es definir básicamente lo sucedido en Ecuador y para ello realizaremos una comparación con el Golpe de Estado sufrido en Honduras para sostener que lo vivido en Quito -si bien fue lamentable- en rigor, no obedece a las características formales de un Golpe de Estado. Posteriormente, haremos una breve revisión de las consecuencias políticas e internacionales de este hecho en particular. Finalmente, se plantearán algunas apreciaciones sobre las dudas que en términos regionales han despertado este fenómeno y si estamos actuando bien tanto institucional como conjuntamente para revertir estos lamentables fenómenos políticos.

Si bien el término de Golpe de Estado o "Coup d'etat", se derivó durante el siglo XVIII en Francia para hacer referencia a las medidas violentas y repentinas de la era monárquica, la definición de este concepto para los siglos venideros ha resultado bastante más complejo para las variadas corrientes de pensamiento al interior de la Ciencia Política. Gracias a la contínua difusión de textos e información aún más amplia que se ha profundizado en los últimos años gracias a medios como internet, podríamos pensar que la adaptación de estos conceptos han sido mejor recibidos por la opinión pública, facilitando así la identificación de estos hechos. Esto no necesariamente ha sido así. Debido a que en el caso del internet, prácticamente no hay barreras que limiten la expresión, hay una enorme terminología de lo que es o podría ser un Golpe de Estado. Es evidente entonces que esto ha generado una confusión bastante amplia dentro de la opinión pública y especialmente en disciplinas como la Ciencia Política, definir este complejo concepto resulta fundamental. Dado que el cientista político debe identificar, discriminar y analizar los fenómenos políticos, nos centraremos en determinar que a nuestro juicio la definición más ad hoc para el Golpe de Estado, es la esbozada por Julio Casares para el Diccionario Ideológico de la lengua española, quien dio una definición muy sencilla y acotada de lo que en rigor debería ser un Golpe de Estado. Pues bien, al respecto el autor define al Golpe de Estado básicamente como "una medida grave y violenta que toma uno de los poderes del Estado, usurpando las atribuciones de otro". En otras palabras, el Golpe de Estado apunta a la destitución violenta de uno de los poderes del Estado, cuando es ejecutado o planificado por otro, con la finalidad de tomarse atribuciones que anteriormente no le eran propias.

Lo ocurrido en Ecuador difícilmente encaje en una definición como la anterior. La violencia vivida en ese país -si bien a todas luces fue preocupante- obedecía a una sublevación interna como producto del malestar generado en los sectores más radicalizados de las fuerzas de la policía y/o militares más que a la voluntad explícita de ostentar el poder político. La violencia tampoco nació desde otros poderes del Estado, ya que ni el Congreso ni el Poder Judicial avaló esta medida de los rebeldes. Lo cierto es que por ahora, el conflicto por muy difuso que se vea -y se siga viendo en los próximas días- no podemos tildarlo como Golpe de Estado.

Siguiendo la misma definición que esbozamos anteriormente, podemos ver que en el caso hondureño sí ocurrió un Golpe de Estado, ya que como podemos recordar, el ex Presidente Manuel Zelaya fue destituido manu militari de sus atribuciones constitucionales luego de que éste anunciara su intención de instalar la "cuarta urna" para optar a un referéndun revocatorio donde se optara por la reelección presidencial. En ese entonces, el Congreso y el Poder Judicial -al manifestar su negativa ante esa iniciativa- dedicieron activar a las Fuerzas Armadas para que hicieran respetar la Constitución. En conclusión, lo sucedido en Honduras sí fue un Golpe de Estado, ya que efectivamente los poderes del Estado entraron en una disputa que terminó por sacar a Zelaya del poder, haciendo que Roberto Micheletti -hasta entonces, el Presidente del Congreso- asumiera la presidencia interina hasta que Porfirio Lobo fuese electo en los comicios del pasado mes de enero.

Ahora bien, en cuanto a las consecuencias políticas, regionales e internacionales que ha desatado este fenómeno, podemos mencionar lo siguiente. En las reuniones de emergencia convocadas por la Organización de Estados Americanos, se apreció el sentir general de nuestra región en términos de respetar la institucionalidad y rechazar estas prácticas contra el orden interno. Sin embargo, tenemos deudas pendientes y que no han sido parte real del debate regional. La calidad de la democracia dentro de nuestros países se ve afectada frente a la dicotomía con la soberanía del Estado. Al parecer, en las últimas reuniones que fueron objeto de la UNASUR y la OEA, pareció ser más importante abordar otros temas, como el armamentismo regional y la cooperación energética, dejando absolutamente de lado conflictos aún más latentes como velar por la defensa de la institucionalidad y la calidad de la democracia en nuestros países. Resulta llamativo especialmente después de haber vivido fenómenos como la violencia política en Bolivia o el Golpe de Estado en Honduras. Con todo, esto no fue suficiente para ser prioridad en materia regional. Con lo vivido ahora en Ecuador, sería interesante preguntarnos si estamos haciendo bien las cosas dentro de nuestra región. ¿Cuáles son nuestras reales prioridades? ¿Qué estamos haciendo mal como región? ¿Los tópicos en las reuniones de la OEA y la UNASUR realmente satisfacen nuestras prioridades regionales?

"El jueves negro" -como quedará recordado desde ahora aquella fatídica jornada del 30 de septiembre en Ecuador- nos debiera hacer un llamado a repensar nuestras prioridades regionales. No tendrá el mismo efecto político hacer una reunión de emergencia en la OEA para rechazar prácticas como las que se vivieron ese día a una reunión para velar por las calidades de nuestras democracias y a fomentar una verdadera defensa de los principios que amparamos como región. Cuando en foros internacionales se hablaba de que los mecanismos de alerta temprana para prevenir hechos de violencia política son absolutamente inoperantes, precisamente se apuntaba a estos factores; de modo que no estamos haciendo caso de hechos que lastimosamente parecen ser cada vez más "normales" en Latinoamérica. Esperemos que en las próximas semanas -pese a la violencia vivida en Ecuador- pueda persistir en nuestra región un debate real sobre los aciertos y errores que estamos cometiendo.


sábado, 11 de septiembre de 2010

La influencia de Al Shabaab y el jihadismo en Somalía

El atentado suicida por un coche bomba que fue perpetrado hace dos días en el aeropuerto de Mogadiscio -la capital somalí- fue suficiente para volver a poner en evidencia la pobre preparación y la casi nula capacidad de las fuerzas somalíes para restaurar el orden interno del país. No puede ser de otra forma, ya que para todos los efectos prácticos, Somalía es un estado fallido. Según datos entregados por el conocido informe "The Failed State Index" que elabora anualmente la revista Foreign Policy, Somalía es el Estado más ingobernable del mundo, incluso más que otros de sus vecinos de la región de Africa como es el caso de Sudán, en donde este último -aún siendo conocido por tener dentro de sus fronteras la peor crisis humanitaria del mundo debido a la guerra en Darfur- en la mencionada lista, es el tercer país más ingobernable del mundo. Otros casos conocidos, como los de República Democrática del Congo que se dieron a conocer por las atrocidades cometidas a su población por la "Fiebre del Coltán" -el coltán es un mineral altamente apetecido para la elaboración de equipos electrónicos, especialmente en la telefonía celular, computación y por supuesto en la industria militar- hicieron que en definitiva se diera una guerra interna donde se cometieron violaciones y asesinatos de escalas difíciles de imaginar y que aún así; con todo este país se sitúa en el lugar cinco de la lista.

Por lo tanto ¿qué habría en Somalía para hacerlo merecedor de este triste primer lugar? La respuesta es bastante simple, ya que gran parte de ésta se explica por el terrorismo jihadista que se ha instalado con especial fuerza después de los atentados del 11-S. En menor grado, hay otros factores, como por ejemplo mencionar que para la comunidad internacional, Somalía es el principal país causante de la piratería en el Golfo de Adén donde se realizan secuestros a buques internacionales que transitan estas aguas de la región costera de Somalía. También se explica, porque Somalía -al igual que muchos otros países africanos- es objeto de un conflicto étnico al interior de sus fronteras que se produjo tras el derrocamiento en 1991 del régimen de Siad Barre. Desde entonces, el país se ha divido en "clanes" o subgrupos nacionales que luchan por áreas de influencia. Por supuesto, no podemos olvidar el factor económico, ya que Somalía posee una de las peores tasas a nivel mundial, con una economía que ni siquiera podría considerarse como de subsistencia. En suma, ha dejado una hambruna de escalas bíblicas, con tasas impensables de mortalidad infantil, entre otras cosas. Como podemos ver, el conflicto dentro de Somalía es increíblemente complejo, con muchas aristas cada vez más interconectadas.

Ahora bien, como se mencionó anteriormente; el principal causante de la actual inseguridad en Somalía ha sido el terrorismo. El grupo terrorista más temido e influyente que opera dentro de Somalía es Al Shabaab, que ha reconocido en ocasiones ser un nexo directo del grupo terrorista Al Qaeda para la región de Africa del Este. Los fines de Al Shabaab se pueden reducir en principalmente dos. Primero, derrocar al Gobierno Federal de Transición (GFT) liderado por el régimen islamista moderado de Sharif Sheikh Ahmed, quien es reconocido por la comunidad internacional y la Misión de la Unión Africana para Somalía (AMISOM) que fue desplegada por el bloque africano en marzo del 2007 para intentar controlar las oleadas de violencia en el país. El segundo objetivo de Al Shabaab es que una vez derrocado el GFT, se pueda instalar un Estado integrista donde impere la ley islámica, ley que -para sus intereses- debe ser regada en toda Africa del Este.

En el marco de esos objetivos, las fuerzas de la AMISOM son victimas de constantes asediadas y ataques con coches bomba, lo que se ha traducido en que buena parte de los países de la Unión Africana cuenten con una menor voluntad política para seguir enviando efectivos a la zona. Actualmente, básicamente Uganda y Burundi son los dos países que han demostrado tener la "mayor" voluntad para tratar de controlar esta situación, pero otros como Nigeria, Ghana o Sierra Leona han tratado de frenar una ayuda tan entusiasta, porque están absolutamente conscientes de que controlar a Al Shabaab y al conjunto de problemas que azotan Somalía, no es una tarea fácil. Por otro lado, tenemos a la comunidad internacional que ha decidido estar al margen -o al menos a no tener un protagonismo mayor para controlar esta situación- basándose en el "respeto" a una misión de paz desplegada bajo el Capítulo VII de la Carta de Naciones Unidas.

Lo cierto es que para ningún efecto práctico resultaría imaginable que un conjunto de países -que dentro de su continente aún no han podido erradicar la pobreza extrema- serían capaces de controlar una oleada de ataques terroristas. Para ello resulta fundamental que países con un mayor presupuesto, con un mayor apoyo logístico, pero por sobre todo con una mayor voluntad política apoyen a Somalía para combatir a Al Shabaab que cada día tiene mayor influencia en Somalía. Mal pueden llegar a pensar los países occidentales que dejar que "Africa resuelva los problemas de los africanos" es la solución. Muy por el contrario, en días donde cada vez nos queda más claro que el terrorismo es un fenómeno multidimensional de alcances globales, de igual forma su combate debe ser multidimensional. Para el particular caso de Somalía el tema es más complejo de lo que parece y con justa razón, ya que hemos esbozado que en este país africano, su ingobernabilidad pasa por muchas aristas. Aún derrotando militarmente a Al Shabaab, no se podrían contener otros conflictos al interior del país, como los de carácter étnico o la seguridad en el cuerno de Africa donde está ubicado el Golfo de Adén. Por tanto, es importante dejar claro que la respuesta a este problema no es sólo militar; debe ser también económica, política, social y cultural.

Para ello, es importante que la comunidad internacional, así como los organismos de seguridad regionales, estén plenamente conscientes de que si no se contiene esta amenaza multidimensional a tiempo, se expandirá un conflicto de consecuencias absolutamente insospechadas.

jueves, 5 de agosto de 2010

La retirada militar estadounidense en Irak ¿El inicio del fin?

Ya es oficial. La retirada de las tropas estadounidenses en Irak tiene su fecha límite. A partir del 31 de agosto finalizan las operaciones de combate, donde se pretenden dejar a cerca de 50.000 soldados para iniciar las labores de entrenamiento e instrucción del ejército iraquí. Ese proceso debe completarse, para que así a finales del 2011, pueda retirarse la totalidad de las tropas estadounidenses del país árabe. Con esto, Obama cumple una de sus principales promesas de campaña, pero al mismo tiempo, la retirada de las tropas estadounidenses despierta algunas interrogantes que repercutirán en el proceso de pacificación del país, ya que el dilema de la seguridad en Irak no es un tema solamente militar, también lo es social, religioso, étnico y político. Acá abordaremos algunas implicancias que podría traer un eventual retiro de las tropas estadounidenses sin velar compromisos en conjunto con la comunidad internacional y las provisorias autoridades iraquíes.

Como mencionamos anteriormente, a fines de este mes se deberían finalizar las operaciones de combate por parte del personal militar estadounidense. Sin embargo, los patrullajes y las operaciones de combate en Bagdad, se habían disminuído gradualmente -casi hasta un punto "cero"- ya para agosto del 2009. En esa fecha, Irak vivió uno de los atentados más terribles desde la guerra, donde murieron más de 95 personas y fueron heridas más de quinientas. Por lo tanto, las labores de patrullaje y las operaciones de combate, ya habían sido atenuadas bastante antes desde la fecha anunciada por el mandatario estadounidense. El año pasado, el repliegue y posterior abandono de las operaciones de combate, se explicaban básicamente porque Estados Unidos no podía seguir enfrentando por sí solo una guerra donde incluso los británicos -sus aliados más cercanos- se habían retirado en el mes de junio desde el puerto de Basora. Pese a estos elementos, actualmente el anuncio del retiro no deja de ser importante, porque Obama y su círculo más cercano bien sabía que en el frente interno la opinión pública comenzaba a repudiar de forma creciente la guerra en Irak.

Ahora bien, como ya lo habíamos explicado en una columna anterior, Irak es un país fuertemente dividido en aspectos étnicos, políticos y religiosos. Sólo para recordar brevemente, Irak -desde Norte a Sur- se encuentra habitado por las etnias kurdas, sunnitas y chiitas, donde esta última constituye la mayoría del país. Sin embargo, el poder político durante siglos ha sido históricamente ejercido por los sunnitas -que pese a ser la minoría étnica de Irak- constituye la gran mayoría en el mundo árabe. Dejemos claro que el último gobierno sunnita fue precisamente el de Saddam Hussein, que según varios medios de prensa se caracterizó por ser fuertemente represivo con las etnias chiitas y kurdas.

Después de la invasión estadounidense en marzo del 2003 -lo que conllevó a que Hussein fuera derrocado y ejecutado- fue investido en Irak un gobierno chiita con Nuri Al-Maliki ocupando el cargo de Primer Ministro. Esto despierta una oportunidad histórica para la etnia chiita de ocupar el poder en Irak, ya que como explicábamos los sunnitas han sido los ejecutores del poder político.

En base a esto último, si revisamos las declaraciones vertidas recientemente por el Consejo de Seguridad de la ONU, el día de ayer (04 de agosto) se hacía un llamado a una pronta formación de un nuevo gobierno iraquí que respondiera a las necesidades actuales del país. Ante esto, el Primer Ministro Nuri Al-Maliki así como el ex Primer Ministro, Ayad Allawi -este último, líder del partido Al Araqiya- reclaman el derecho a formar un gobierno conforme a los resultados de las últimas elecciones, donde los partidos con una fuerte presencia chiita son el componente principal. Evidentemente la propuesta es legítima, sin embargo, se descuida el hecho que en un país que aún atraviesa un proceso de pacificación, sería un error cabal mantener un gobierno en base al aspecto étnico predominante. Como nos muestran las experiencias históricas, para el puntual caso de Irak -debido a sus múltiples aristas- la solución debería apuntar a la formación de un gobierno de reconciliación nacional donde por el momento, se encuentren representadas las tres etnias del país; algo similar a la Presidencia tripartita que se vio en su momento para solucionar el conflicto en Bosnia.

Al-Maliki, así como el ex Primer Ministro, mal podrían llegar a pensar que representar al gobierno en base a las últimas elecciones será la solución más sostenible en el tiempo. Tomar esa decisión sólo exacerbará los conflictos étnicos en el país que podrían incluso, desencadenar en una desintegración territorial.

Como podemos ver, el conflicto en Irak está lejos de terminar con la mera retirada de las tropas estadounidenses. Si bien marcará un precedente en el proceso de pacificación del país, Irak no podrá encontrar una solución sostenible si es que no encuentra coordinación con organismos internacionales que velen por una adecuada representación política y multiétnica del país. En ese sentido, propuestas como la del actual Primer Ministro iraquí, apuntan a una mala salida, que de concretarse, encontrarán un negativo proceso de insospechadas consecuencias étnicas, políticas y sociales en el país árabe.

La clave está en que por ahora -independiente de la retirada de las tropas estadounidenses- exista un proceso de diálogo que abogue por una solución pacífica y sostenible en el tiempo que apunte -en primera instancia- por una representación tripartita mientras se sigue avanzando en negociaciones que conduzcan a Irak en un proceso de paz. Tomar una decisión apresurada -ignorando las bases de la naturaleza del conflicto- sólo llevarán a Irak al camino de la desintegración étnica, política y territorial.

miércoles, 28 de julio de 2010

La tensión colombo-venezolana y sus implicancias regionales

A estas alturas, ya es conocido el nuevo período de tensiones entre Colombia y Venezuela. Ello, a raíz de que Bogotá ha decidido acusar formalmente ante la OEA al régimen de Hugo Chávez por albergar y darle protección a la cúpula de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Según los datos entregados por las autoridades colombianas, se trataría de Iván Márquez; Rodrigo Granda, alias 'Ricardo'; Timoleón Jiménez, alias 'Timochenko', y Germán Briceño, alias 'Grannobles' (todos ellos miembros de las FARC); así como a Carlos Marín Guarín, alias 'Pablito', perteneciente al ELN.

En respuesta a estas acusaciones, Caracas ha decidido romper las relaciones diplomáticas con Colombia. Un hecho que en el corto plazo, no tendrá mayores efectos prácticos, debido a que en julio del año pasado, las relaciones bilaterales ya se encontraban congeladas después de la tensión originada a raíz de que Colombia firmara un acuerdo de cooperación militar con Estados Unidos para combatir el narcotráfico y la guerrilla que azota al país cafetero. En la ocasión, Hugo Chávez sostenía que ese acuerdo podría desencadenar en una guerra, porque a todas luces representaba una amenaza a su proceso revolucionario al instalarse una serie de bases militares cerca de su país.

En base a estas turbulencias diplomáticas, el conflicto en el área de Norte de Sudamérica se ha gestado y desarrollado con una muy pobre capacidad de diálogo y con una leve voluntad política. En todo caso, esto ocurre a pocos días de que el régimen del aún mandatario colombiano, Álvaro Uribe esté por dejar el poder y entregárselo al que ha sido definido como el "continuador de su obra"; su ex Ministro de Defensa, Juan Manuel Santos que resultó vencedor en las pasadas elecciones del 21 de julio con un 69% de los votos. Sin duda, el nuevo jefe de Palacio Nariño tendrá un duro reto desde el primer día de su investidura. No puede ser de otra forma, porque para Santos la relación entre Colombia y Venezuela dará probablemente la primera pauta de lo que se verá en los próximos años de este verdadero ajedrez político regional. Si bien hasta la fecha, ya se ha mostrado un recambio importante en las fuerzas políticas de América Latina, el caso colombiano resulta crucial debido a que es el principal aliado estadounidense en la región.

Lo que sí es rescatable, son algunos hechos que -por experiencia histórica- Bogotá no se puede dar el lujo de repetir. Primero, durante la gestión de Uribe, la tensión se elevó a niveles completamente innecesarios después de que en marzo del 2008, el país cafetero realizara un "ataque preventivo" en territorio ecuatoriano una vez confirmada la presencia de "Raúl Reyes" uno de los principales líderes de las FARC que resultó abatido luego del bombardeo. Más allá de toda crítica respecto a las FARC, lo cierto es que Bogotá violó abiertamente un principio inmanente en la política internacional: la soberanía del Estado. Así como Colombia defendió su soberanía para realizar alianzas militares con Estados Unidos, debe ahora velar para que esa misma soberanía de sus países vecinos, no se vea vulnerada con una eventual escaramuza. Sólo así, el régimen de Santos podrá marcar un antes y un después en el "uribismo" colombiano. Si por el contrario -y como se vio durante su campaña presidencial- Santos no tuvo tapujos en alabar las políticas de Uribe orientadas a debilitar logística y militarmente a las FARC -de hecho el fue un artífice no menor, debido a que fue el Ministro de Defensa de Uribe- entonces, no es alentador el panorama que se podría avecinar en las relaciones colombo-venezolanas. Para muchos analistas la pregunta es ¿cómo se configurarán las relaciones entre Bogotá y Caracas con la llegada de Santos?. A nuestro juicio es ¿cuánto durará la luna de miel entre Bogotá y Caracas una vez investido Santos? Lo anterior, a nuestro juicio se plantea de esta forma, porque el acuerdo que facilita las siete bases militares para realizar acciones de inteligencia por parte de personal norteamericano, fue un acuerdo firmado entre el Estado colombiano y su par estadounidense, no fue un acuerdo intergubernamental entre Uribe y Obama. Teniendo en cuenta lo anterior, sería difícil imaginar que las relaciones entre Santos y Chávez mejoren en el mediano y largo plazo. De existir una felicitación en términos protocolares desde el mandatario venezolano a su nuevo par colombiano, la puede haber; sin embargo, por sí solo el aspecto protocolar está lejos de ser el determinante para mejorar las relaciones entre esos dos países, que sin dudas y con muy buenas razones, ha despertado el interés y la preocupación regional.

Al menos por ahora, el período de tensión actual entre Bogotá y Caracas se tratará en la cumbre de UNASUR que dentro de pocas horas se celebrará en Quito. Bolivia y Ecuador ya han manifestado que las acusaciones de Colombia en el marco de la reunión de la OEA eran para "ventilar" sus problemas internos.

El país cafetero -que en todo caso participará de la cumbre de UNASUR- afirma que "espera pasar de las discusiones a las soluciones". Una declaración que ya marca un aspecto importante porque el año pasado, Gabriel Silva -que aún es el Ministro de Defensa colombiano- afirmó al ser consultado por las contínuas reuniones del bloque para tratar la presencia de las bases estadounidenses en Colombia que "eventualmente si este impasse se perpetúa y no vemos una preocupación por el armamentismo, el tráfico de armas, el narcotráfico, el crimen organizado, si no hay sensibilidad por esos temas que son los de los colombianos, pues seríamos invitados de piedra y tocaría evaluar esa posibilidad (de retirarse)"

La cumbre de hoy en Quito será fundamental para ver cómo evoluciona esa postura colombiana para las próximas reuniones. De no llegar a alguna declaración concreta, Colombia ya tendría una señal importante para evaluar aún más su permanencia en el bloque regional. Por más que la decisión termine siendo de Santos y no de Uribe, el mandatario entrante puede verse fuertemente influenciado por las implicancias regionales que esto representa. Si finalmente Colombia decidiera salir de la UNASUR estaríamos en presencia de una "integración desintegrada". Veamos si esto se concreta en los próximos meses, pero lo que sí es seguro, es que para Santos ya es un tema de preocupación velar por la reconstrucción de la agenda con Venezuela o mejor dicho, algo que se aproxime a eso.

martes, 20 de julio de 2010

Bolivia y Chile en medio de la agenda de trece puntos

Hasta hace poco, se suscitaron dos buenos motivos para preguntarnos hacia dónde se dirigen -o se podrían dirigir- las relaciones chileno-bolivianas en el gobierno de Sebastián Piñera. Recordemos que a inicios de este mes, Marcelo Antezana Ex Comandante del Ejército de Bolivia y actual Senador por el partido opositor Convergencia Nacional, había declarado a medios de prensa locales que "la vía armada es la única forma de recuperar el mar". Dejemos claro que independientemente el senador boliviano sea opositor, su declaración no debería sernos indiferente, puesto que nos tocó vivir un proceso similar con las declaraciones del también Ex Comandante -pero de las fuerzas militares peruanas- General Edwin Donayre.

El otro hecho que afortunadamente llamó más la atención, es la reunión efectuada a nivel de vicecancilleres entre el 12 y 13 de julio para retomar las conversaciones bilaterales en el marco de la agenda de trece puntos. En la ocasión, Mónica Soriano y Fernando Schmidt -vicecancilleres de Bolivia y Chile, respectivamente- se reunieron en La Paz para discutir el trasfondo de básicamente tres temas incorporados en la agenda. Uno de ellos, fue la habilitación del puerto de Iquique para actividades comerciales, otro fue el avance en materia de renovación para la línea ferroviaria Arica-La Paz y por último, temas de seguridad fronteriza. Podemos ver que la demanda marítima boliviana no estuvo en esta ocasión y ello se debe a que probablemente el Palacio Quemado comprende que por ahora no es el momento oportuno para tocar el tema a nivel de vicecancilleres, lo que no quiere decir que el tema está ausente y no sea un tópico para futuras reuniones.

Se puede apreciar que el gobierno de Piñera -por el hecho de estar inserto en un bloque político mucho más renuente a tratar la demanda boliviana con soberanía- ha tenido desde la campaña presidencial un aspecto pragmático mucho más marcado que pauteará las diferencias con la administración Bachelet. La ex Presidenta si bien también dejó claro en su momento que la soberanía no era un aspecto negociable y que por el contrario, "se debían dar las facilidades necesarias para conferirle la cualidad marítima a Bolivia", lo cierto es que el círculo más cercano al actual Presidente, tendrá un componente de más realismo que podría agitar las relaciones bilaterales en el futuro. Lo clave de ello, es que la Cancillería chilena siga manteniendo la política de Estado en esta materia, sólo que en este caso, el Edificio Carrera ha optado llevarla adelante con un pragmatismo más fuerte que en casos anteriores. En cualquier caso, parece que sigue habiendo un piso político en términos de cómo se lleva a cabo la política vecinal. Por otro lado, no es menos llamativo mencionar que por lo visto, se han cumplido una serie de situaciones que habíamos tratado anteriormente en otra columna, respecto no sólo al tema de cómo Chile marcará sus relaciones con Bolivia, sino que con otros países de la región latinoamericana.

Para el caso del dilema boliviano, no debemos olvidar que hay un tope en las negociaciones y es la demanda peruana. Ello ha facilitado que los bloques opositores de nuestros vecinos del norte, siguen viendo cómo este cambio político en la forma pueda perturbar sus aspiraciones marítimas. De ahí resulta explicable la aparición de personajes como Donayre y Antezana, pero en cualquier caso, no serán los últimos y eso es un hecho.

El aspecto rescatable por ahora, es que ya pudimos ver que hay buena voluntad de ambos Estados y esto fue lo que pudo materializar una reunión que a todas luces, era necesaria. El cómo avance la relación bilateral entre La Paz y Santiago es la pregunta que nos queda, pero con toda seguridad ya podremos responderla conocido el fallo del Tribunal de la Haya. Lamentablemente para nuestros intereses marítimo-territoriales, no puede ser de otra forma.

jueves, 8 de julio de 2010

Rusia, Estados Unidos y la diplomacia espiada

Hace algunas semanas, se desató una tenue controversia entre Estados Unidos y Rusia generada a partir de la captura en territorio estadounidense de una presunta red conformada por unos diez espías que estaban recabando información favorable a Rusia. Lo anterior, evidentemente trajo el efecto mediático que se esperaba: se estaba volviendo a la era de la Guerra Fría, donde las acciones de espionaje e inteligencia eran una constante entre las superpotencias.

En todo caso, hay que mencionar que en la actualidad -donde el dominio de los medios de comunicación, las redes sociales y el manejo de las grandes cadenas de información- han dominado en forma mucho más eficaz el manejo comunicacional que se lleva a cabo en los círculos diplomáticos. Por lo tanto, las señales enviadas a la prensa y a la comunidad internacional, deben y tienen que basarse en principios más conciliadores, diplomáticos y cautos.

Lo anterior no puede ser de otra forma, porque entre las relaciones ruso-estadounidenses, debemos considerar además otro factor importantísimo: la investidura de Obama en la Casa Blanca tiene que seguir marcando un antes y un después desde la discutible administración de George W. Bush, donde en materia internacional, las relaciones diplomáticas con Rusia se vieron seriamente afectadas. Recordemos que durante la administración Bush, se aprobaron una serie de medidas que iban en detrimiento de los intereses estratégicos de Moscú. En aquél entonces, Washington pretendía instalar en República Checa y Polonia una serie de baterías y radares antimisiles para proteger a sus aliados en Europa de la existencia de los llamados "Estados paria", vale decir, Estados con poder nuclear que mantendrían una política fuertemente hostil hacia Occidente. Para la lógica de la Casa Blanca, casos como los de Irán y Corea del Norte serían claros ejemplos de ello. Por su parte, Moscú no veía con buenos ojos la instalación de baterías antimisiles a escasos kilómetros de sus fronteras, ya que los asesores del Kremlin sospechaban que ese plan estaría dirigido para contrarrestar cualquier avance en materia nuclear por su país.

Ante esa situación, Vladimir Putin -que en ese tiempo era el Presidente de la Federación Rusa- manifiestó en junio de 2007, "no queremos ninguna confrontación, pero en caso de despliegue de un escudo antimisiles en Europa, y hoy lo advertimos, habrá respuesta. Necesitamos garantizar nuestra seguridad". Declaraciones similares fueron emuladas por las más altas autoridades militares rusas, como fue el caso del General Nikolai Solovcov, quien manifestó que "en caso de que la República Checa y Polonia decidan crear en su territorio las bases del escudo anti-misil estadounidense, nuestro Ejército incluirá esos emplazamientos en sus potenciales blancos". Bajo la administración Bush nunca se concretaron dichos proyectos, pero desde que Obama ocupó la primera magistratura, quedaron las dudas respecto a si el nuevo mandatario seguiría con esa línea. Debido a la importancia que tiene para Obama el enviar señales diplomáticas, decidió abortar todos los planes y si bien, actualmente Estados Unidos ha seguido estudiando la instalación de un escudo antimisiles -aunque ahora en Rumania- lo cierto es que no podrá concretarse antes del 2015, puesto que los asesores de Obama, entienden que en base a las asperezas de antaño, la opinión de Rusia es más importante de lo que se cree.

Señales igual de conciliadoras se han tratado de enviar desde que el nuevo mandatario estadounidense llegó al poder. En marzo del 2009, la Secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, visitó en Ginebra a su homólogo ruso Serguei Lavrov, con la finalidad de "resetear" las relaciones diplomáticas entre sus países. El simbólico "botón rojo" para resetear las relaciones bilaterales, marcó una agenda que para varios iba a marcar una diferencia entre la salida de Bush y la entrada de Obama.

Entre otros aspectos, el anterior ha sido el componente que visiblemente se ha marcado como el más relevante en los aspectos bilaterales al interior de las nuevas relaciones ruso-estadounidenses. Si bajo las acusaciones de espionaje ruso, Obama hubiera mostrado una evidente molestia, los esfuerzos por mejorar la diplomacia entre los dos gigantes hubiesen escalado innecesariamente hasta quedar como infructuosas. De todas formas, pese a no mostrar esa molestia abiertamente, los círculos cercanos a Obama saben que esta situación incomoda más de lo que se muestra hacia la prensa. Teniendo claro que las acciones de inteligencia -pese a toda crítica y juicio- son necesarias para la supervivencia del Estado, al parecer esta situación sólo será recordada como un leve impasse tratado bajo un marco protocolar y que no debería impedir la promesa de cambio que Obama plasmó respecto a la relación con Moscú.

Estados Unidos y Rusia tienen muchos más asuntos que los convoca a cooperar más que otros que los lleva a discernir, pero tengámoslo claro, no se debe ser incauto. Mientras los gigantes se siguen mirando de cerca, la diplomacia espiada continúa.